Palabras que se siembran, palabras que germinan

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Las palabras se manifiestan a través del sonido para transmitir los sentimientos que llevamos en el corazón.

A través de la voz intentamos comunicar lo que llevamos dentro. Para ello es importante que las palabras broten desde lo más profundo como si se tratara de un iceberg insonsable. Deben ser convincentes, intencionadas, con ideales y emergentes de un corazón puro.

La palabra es como esa parte visible, el iceberg que se asoma, y en nuestro interior se guarda la gran masa.

La palabra rompe la muralla del silencio, es el escenario perfecto para sacar ese potencial que llevamos dentro.

También los gestos sencillos son alentadores, como un simple saludo, una sonrisa, un abrazo cálido capaz de desquebrajar las barreras de la comunicación.

Palabras, gestos, sonidos derriban muros para dar paso a la esperanza y el aliento.

La palabra es el vehículo perfecto para realizar la función del Buda, pero también puede ser el parapeto tras el que se esconda nuestra negatividad. Palabras corteses pero faltas de calidez humana; aparentemente altruistas ero manipuladoras o palabras vacías y débiles faltas de convicción y reflejo de una resignada desesperanza.

Es nuestra condición de vida la que determina el valor de lo que decimos. Por muy hábiles que seamos en el uso del lenguaje, si nuestras voces no están apoyadas en una fuerte convicción y sustentadas por un corazón misericordioso nunca podrán llegar al corazón del otro. Tal vez, en un primer momento logremos despertar su atención pero nuestro comportamiento discordante con lo que decimos sólo generará decepción y sufrimiento.

Hablar, ¿para qué? ¿Para callar la boca a otras personas, refutar, despreciar?

Las palabras pueden ser el alimento de la esperanza.

Se trata entonces de sumar, de facilitar, de crear oportunidad.

Hablar para construir un espacio común, donde se reflejen las ideas, como si de un lago cristalino se tratara, en cuyas orillas reposen las emociones, se intercambien ánimos y se desechen temores, aportando luz a miradas oscurecidas.

Hablar, para escuchar.

Hablar, para crear.

Hablar, para construir.

Daisaku  Ikeda “La sabiduría del Sutra de loto”

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